julio 2008


por Gustavo Sánchez

Se ha dicho, con razón, que el conflicto con las entidades rurales se enmarca en un clima destituyente. Incluso la forma que adoptó su desenlace más inmediato ­-el inaudito voto del vicepresidente en contra del Poder Ejecutivo que accesoriamente integra-, bien puede abonar las tesis más conspirativas, en tanto que una eventual acefalía lo ubicaría inmediatamente a él en el lugar de la “transición”. Pero sea cual fuera el grado de organicidad y conciencia de sí que haya tenido o tenga la ofensiva destituyente, está claro que, al menos de momento, su mayor aspiración se concentra en debilitar al gobierno, fijándole una agenda impropia del programa con el cual fue elegido para gobernar, y obligándolo a pagar todos los costos políticos posibles de cara a las elecciones legislativas del año próximo. Si existiera en el país una oposición política con capacidad de converger y de seducir a la opinión pública, otro hubiera sido el devenir de la crisis. Afortunadamente, es esta incapacidad objetiva un límite infranqueable para la (anti)política de las fuerzas sociales destituyentes, cuya irracionalidad no llega todavía al punto del suicidio colectivo.

Ante este cuadro de situación, bien puede decirse que el gobierno de Cristina Fernández tiene todavía una oportunidad, a pesar de haber sufrido una derrota cuya gravedad no reside tanto en las consecuencias políticas o económicas que se derivan del rechazo parlamentario a su proyecto, sino de lo que ello significa en términos de explicitación de un contexto ideológico y cultural adverso por donde se lo mire a las intenciones de reforma que el gobierno encarna. Sin embargo, la derechización de la sociedad argentina no es aún un fenómeno homogéneo e irreversible (si así fuera, más hubiera valido abandonar el barco). Parte de los sectores populares y una minoría relativamente activa de segmentos medios progresistas se ha movilizado en favor del proyecto oficial, pese a la sistemática acción distorsiva de la cadena privada de medios de comunicación. Muchos más todavía apoyan las líneas fundamentales de la gestión gubernamental. Todo indica entonces que el gobierno debería concentrarse en conservar y acrecentar el apoyo de esas franjas de la población, muy especialmente el de los sectores populares que, por añadidura, constituyen el grueso del voto y la identidad peronistas cuya disputa resulta crucial para propios y ajenos. Pero por obvia que pueda parecer esta alternativa tanto en lo táctico como en lo estratégico, una parte del kirchnerismo y, de un modo preocupante, en ocasiones la propia presidenta, parecen insistir en interpelaciones dirigidas a seducir a los sectores medios que ya en octubre pasado (como tantas otras veces a lo largo de la historia) habían declarado sin ambages su desclasado odio de clase.

A diferencia de lo que ocurre en otros países de América Latina, donde tienen lugar procesos de reforma profunda en los que se ha logrado articular eficazmente al sujeto social popular con la fuerza política gobernante, en Argentina no existe una articulación tal, y las reformas (claro está, más modestas) parecen provenir del voluntarismo del gobierno antes que del impulso de las fuerzas sociales que, se supone, deberían hallarse comprometidas con ellas. Esta ausencia o debilidad del sujeto social transformador, invisibilizado y deslegitimado permanentemente en el sentido común de las construcciones mediáticas, es un condicionamiento esencial que precede a la responsabilidad del gobierno. Sin embargo, en la medida en que éste no reconoce la centralidad de esta circunstancia, resulta incapaz de darse una estrategia de construcción de poder político y social cuya primera condición no es otra que la interpelación (discursiva y política) a los trabajadores. Parafraseando al presidente Chávez, para combatir la pobreza es necesario dar poder a los pobres. Y dar poder es, también, dar la palabra (palabra que sólo se da a quien ya se ha interpelado como interlocutor).

Resumiendo, el gobierno puede avanzar en transformaciones progresistas y distributivas a pesar de la derechización de la opinión pública (es decir, de gran parte de sectores medios, urbanos y rurales, que los medios de comunicación señalan como tal) si, y tal vez sólo si, deja de malgastar esfuerzos políticos y retóricos en pos de una seducción inapropiada e infructuosa; y en su lugar, concentra sus esfuerzos en la conservación y acrecentamiento del apoyo de aquellos sectores sociales que lo acompañan. Interpelar y empoderar a los trabajadores y a los pobres es una condición insoslayable para cualquier fuerza “populista”, en el sentido en que esta categoría sirve para honrar lo mejor de la tradición política inaugurada por el peronismo. Previniendo críticas previsibles, cabe decir que de lo que se trata no es de una estrategia de polarización de la sociedad; sino de responder con convicción y eficacia a la polarización efectiva que las oligarquías y sus cómplices más o menos inconscientes despliegan, con su odio destituyente, cada vez que quieren abrirse caminos de inclusión para los menos favorecidos.

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17 de julio de 2008

La naturaleza del escorpión

Por Ariel Magirena

Lector intenso e irredento, me tocó en varias oportunidades encontrar citada por distintos autores, de un exagerado abanico entre Milan Kundera y Paulo Cohelo, la parábola del escorpión y la rana. Aquella en la que el escorpión convencía a la rana de cruzarlo a la otra orilla del rio con la promesa de no picarla y el fundamento irrefutable de que traicionarla los llevaría a ambos a la muerte. El final es el del escorpión hincando su aguijón y justificándose: “es mi naturaleza”. Justificación, por cierto, más digna -de una dignidad póstuma de hecho- que la que hubiera sido declarar que no hubo traición sino un modo de fidelidad que “la historia juzgará”.

“Ya no venimos por las retenciones” dijo Alfredo de Angeli en su discurso del martes. Puede una porción poco avisada de la sociedad haber creído que el debate parlamentario centró sobre una diferencia de menos de 2 mil millones de dólares en la recaudación, o que se debió a la obstinación de un gobierno que no quiere perder ni a la bolita; pero no se le escapó a ningún político ni empresario y mucho menos a los actores de esta confrontación, que se trató (se trata aún) de la puja entre dos modelos de país: el de la Argentina del primer centenario, cuando era una de las primeras potencias económicas del mundo del que se consideraba granero a costa de la exclusión y postergación de sus mayorías, o el de la Argentina de la inclusión, la redistribución de su riqueza y el desarrollo, que irrumpió en la década del 40 y quedó dramáticamente inconclusa a fuerza de bombardeos a la plaza de mayo, fusilamiento de resistentes, sucesión de asonadas militares y desaparición de personas (síntesis forzada por motivos de espacio).

Es en este contexto en el que se juzga la traición de Julio Cobos al voto popular de octubre de 2007, y que lo pone a compartir el cuadro de honores con la Sociedad Rural, Luis Barrionuevo, Alfredo “80 pesos por el lomo” De Angeli, Carlos Menem, Elisa Carrio, Cecilia Pando, Patricia Bullrich Luro Pueyrredón y Claudio Lozano (que no se saca la foto pero le firma el autógrafo) entre otros próceres (vayan imaginando la composición de una lista sábana). La de Julio, iluminado por el dios de Lilita, fue una salida verdaderamente Radical (léase como sustantivo propio). El mismo radicalismo que se suicidó en el fanatismo de la convertibilidad sostenida con represión y que recibió, tarde pero seguro, todas las facturas por sus agachadas históricas que van desde la Unión Democrática hasta las leyes de impunidad, pasando por las proscripciones políticas, el llamado ante los cuarteles y la provisión de funcionarios a los gobiernos de facto (para síntesis, reconozco, peor que la anterior).

Para el gobierno es otra prueba de su acierto en la opción por su base de legitimidad, la clase trabajadora y el campo popular. La lectura es simple. La gestión de Néstor Kirchner afectó la matriz distributiva atendiendo las urgencias y logrando una recuperación económica que favoreció en modo privilegiado a la clase media. (Es ocioso ahora recalcar los logros en materia de justicia y derechos humanos. Sigo.) Sin paradojas, esa clase media optó en considerable medida por las alternativas opositoras en las elecciones de octubre, cuando mayoritariamente los asalariados y la fidelidad peronista ungieron a Cristina.

La jugada artera de Cobos resuena en ese lugar del corazón en el que ya la sospechábamos. Y aunque fuera la deseada para la derecha, descubrirá que habrá sido la inesperada si el gobierno decide, por fin, encaminarse hacia una verdadera política de masas y utilizar, definitivamente, los recursos del Estado (no solo los económicos) para provocar el reclamado shock distributivo que viene de la mano de la obra pública de infraestructura, la social, la generación de empleo, el acceso al crédito y la recuperación del salario. Un modelo que ataca sin ambages las necesidades de las mayorías y cuya sintonía, como en otros momentos de la historia, tendrá a millones para defenderlo dejando como una pálida reunión al acto destituyente que tuvo lugar el martes en el más emblemático de los barrios ricos de la capital, al que sus asistentes se movilizaron en ascensor (la inefable Lilita los llamaba “bajen” y el revelado Buzzi les decía “compañeros de los balcones”). Los argentinos tenemos una oportunidad histórica de imaginarnos y construir un país luego de la tragedia, pero la fractura del sistema de partidos no sirvió para desarrollar nuevos espacios de representación. Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia pero las corporaciones (con un rol estratégico cumplido por los medios de comunicación) nos quieren convencer con el argumento del “consenso” que se interpreta fácil: ustedes serán más pero pongámonos de acuerdo en lo que yo quiero.

Se escucharan por estas horas las voces de los preclaros representantes de nadie que declaman la revolución pero repudian la identidad peronista de la gran parte de nuestro pueblo. Los mismos que le reclaman a Kirchner por atreverse a devolverle sustento ideológico al único partido en pie, que sigue vivo por haberle dado alguna vez y para siempre la posibilidad al pueblo trabajador de participar del concierto político, pedirán ahora mesura y reconversión del discurso al gobierno de Cristina. Y hasta habrán de recomendarle que se deshaga de algunas piezas que quedaron del tablero de Néstor e incluso que se despegue de él y le haga pagar el costo.

A Cobos, claro, nadie lo va a echar. Quedará allí para ser señalado con un dedo acusador (que será gigante en las elecciones de 2009) mientras le duren la cobardía para retirarse (indignamente, pues ya no le queda otro modo) o los aplausos de la claque.

Las Manos de Perón representan, para nosotros, la dimensión central del peronismo, como corriente de opinión y como sujeto político: su capacidad de intervención sobre la realidad en concordancia con los intereses populares.
Las Manos de Perón son todas aquellas realizaciones del ideario de justicia social, independencia económica y soberanía política, que otorga un marco no sectario, inclusivo pero también excluyente, respecto de cuáles acciones e ideas merecen ser consideradas peronistas.
Las Manos de Perón se manifiestan en la realidad concreta a través de múltiples espacios de gestión estatal y de lucha política, sindical, social y cultural, en favor de los sectores menos favorecidos. En este sentido, nos proponemos convertirnos en una herramienta de difusión de ese conjunto de acciones, que desde diferentes lugares, el peronismo despliega en la realidad para transformarla, teniendo que enfrentarse muchas veces a la indiferencia y a las mentiras de los medios de comunicación en poder de la oligarquía y sus aliados.
Las Manos de Perón se expresan también en la necesaria actualización de la doctrina justicialista, entendida como la adaptación de las ideas rectoras a las circunstancias concretas de la época. Consideramos fundamental que el peronismo recupere su capacidad de interpelación revolucionaria al pueblo trabajador, como actor vertebral del movimiento de liberación nacional, porque sólo en la medida en que siga siendo capaz de interpretar las necesidades y el sentimiento de los más pobres, podrá también hacerlo con otros sectores integrantes del Pueblo y de la Nación.
Por último, Las Manos de Perón son la metáfora del intento vano y reiterado del enemigo que cobró cientos de muertos en los bombardeos del ’55 buscando matar al líder del Pueblo; que brindó en el ’74 creyendo y vociferando que “muerto el perro se acabó la rabia”; y que profanó y mutiló el cadáver del prócer que sigue sin “morírseles”. Porque Las Manos de Perón no son las que faltan en su ataúd sino que son el peronismo mismo. Que sigue haciendo. Y que es inmortal.